Los números no dejan mucho margen para el optimismo fácil. En España se consumieron 9,1 millones de hectolitros de vino entre julio de 2025 y junio de 2026, un 7,2 % menos que el año anterior y muy cerca del mínimo histórico, según los datos de la Interprofesional del Vino recogidos en el informe sectorial de AgroBank. En el mundo, la OIV sitúa el consumo de 2025 en 208 millones de hectolitros: un 14 % menos que en 2018 y una caída de alrededor del 2 % cada año. La propia organización asume que ese volumen no se va a recuperar.
No todo cae igual
Mirando el detalle, el mapa es más interesante que el titular.
En España crecen los vinos blancos y los vinos jóvenes con menos graduación. Los varietales embotellados suben un 10,8 % en valor entre enero y abril, y el bag-in-box un 7,1 %. Cae con fuerza el granel (−21,1 % en volumen).
Fuera, hay mercados que van a contracorriente. Portugal alcanza su máximo histórico de consumo (5,6 millones de hectolitros, +5,6 %), Brasil crece un 41,9 % y Japón un 6,8 %. En cambio, China, Estados Unidos, Francia e Italia siguen bajando.
El dato incómodo
Es tentador resumirlo todo en «se bebe menos, pero mejor». El problema es que los datos no lo sostienen del todo: en España, el vino con Denominación de Origen Protegida envasado también retrocede un 9,4 % en valor. La OIV lo relaciona con varios años de precios altos sumados a la inflación, que han reducido el poder de compra, sobre todo entre los más jóvenes.
Traducido: subir de gama no basta. Un vino más caro no se vende solo porque sea mejor.
Qué pueden hacer las marcas
Recuperar la ocasión. El vino ha perdido espacio en el día a día. Las marcas que ganan son las que le dan un momento: una comida con amigos, una celebración de empresa, un viaje. Vender el momento antes que la botella.
Escuchar al paladar actual. Blancos, frescura, menos grado, opciones sin alcohol. No es renunciar a la identidad, es ampliar la puerta de entrada.
Convertir el vino en experiencia. El enoturismo, las catas sensoriales y los eventos corporativos crean vínculo con la marca, y ese vínculo es lo que sostiene el precio cuando el volumen baja.
Mirar hacia donde crece el consumo. Portugal, Brasil o Japón no son un plan B. Para muchas bodegas españolas son el siguiente paso natural.
Hablar en otro idioma. Menos jerga técnica y más historias, personas y territorio. El nuevo consumidor quiere entender el vino, no examinarse.
Conclusión
El volumen perdido no volverá, y quizá no haga falta. Lo que está en juego es otra cosa: que el vino siga siendo relevante en la vida de la gente. Eso se consigue con marketing que entiende las ocasiones, las experiencias y los nuevos gustos, no con más descuentos.