Hay viajes que empiezan como una ruta de bodegas y terminan como una lección. Este ha sido uno de ellos: tres días recorriendo Ribeiro, en Ourense, entre viñas, bodegas y un río que lo explica casi todo.
El itinerario fue intenso: Ribadavia y su casco histórico, comida en el gastrobar O Birrán, la Bodega Viña Costeira, las termas de Outariz y un paseo nocturno por Ourense marcaron el primer día. Al siguiente, visitamos Alanís (Grupo Bodegas Gallegas), Pablo Vidal Vinos con Personalidad, Adega Ramón do Casar, y vivimos uno de esos momentos que se quedan grabados: un paseo en Ecobarco por el río Miño con winepicnic incluido. La jornada terminó con las visitas a A Vilerma, D’Vagar Adegas y Bodegas Casal de Armán. El último día, tiempo para disfrutar del agua minero-medicinal del balneario antes de volver a casa.
Pero más allá del itinerario, estos días me han dejado una reflexión que quiero compartir: la diferencia entre terroir y tipicidad. Son dos palabras que se repiten mucho en el mundo del vino, y que a menudo se confunden.
El terroir es el lugar y todo lo que lo condiciona. Imagina una parcela de Treixadura en Ribeiro: suelos de origen granítico, clima atlántico con lluvias abundantes pero cierta protección por el relieve, parcelas en laderas con diferentes orientaciones, una maduración condicionada por el clima y la exposición. Todo ese conjunto es el terroir de esa parcela.
La tipicidad es otra cosa: es lo que reconocemos en la copa como propio de ese lugar. Pruebas el vino y encuentras características que suelen asociarse a un Ribeiro de Treixadura —buena acidez, perfil fresco, fruta blanca, notas florales, cierta mineralidad— y decimos que el vino tiene tipicidad si esas características lo hacen representativo y reconocible como un Ribeiro de esa variedad.
Una forma sencilla de recordarlo: el terroir responde a «¿de dónde viene y qué condiciones tiene ese lugar?». La tipicidad responde a «¿el vino refleja lo que esperamos de ese lugar y esa variedad?».
Y un matiz importante: la tipicidad no tiene por qué ser idéntica en todos los vinos de Ribeiro. Un vino puede ser muy típico de la zona y, al mismo tiempo, mostrar con claridad las particularidades de su propia parcela.
Después de estos tres días, me quedo con una frase que resume todo esto mejor que cualquier explicación técnica: el terroir se pisa, la tipicidad se bebe. Quizá ahí esté una de las cosas más bonitas del vino: que un paisaje pueda terminar hablando en una copa.