En 1977, en pleno apogeo de su etapa más excéntrica, Salvador Dalí publicó un libro de vinos. Se llamaba Les Vins de Gala et du Divin («Los vinos de Gala y del divino»), lo editó Draeger en Francia, y lo dedicó a Gala, su mujer y musa. No era la primera incursión de Dalí en el mundo gastronómico: cuatro años antes había publicado Les Dîners de Gala, un recetario tan surrealista como imposible de cocinar. Con los vinos, fue un paso más allá.
Hoy el libro se sigue reeditando. Taschen publicó en 2017 un facsímil de la edición original, con un precio de 49,99 euros, y una selección de sus ilustraciones originales está expuesta actualmente en el Museo Dalí de Florida, dentro del James Family Wing, hasta abril de 2026. Cincuenta años después de su publicación, Los vinos de Gala sigue circulando, se sigue exponiendo y se sigue citando. Eso no le pasa a un capricho pasajero. Le pasa a algo que detectó una verdad estructural.
Un libro de vinos sin una sola nota de cata convencional
Cualquier editor de la época le habría pedido a Dalí que organizara el libro como se organizan los libros de vino: por región, por uva, por añada. Dalí hizo lo contrario.
El libro se divide en dos grandes bloques: «Los diez vinos del divino», una recopilación descriptiva de diez regiones vinícolas relevantes, y «Los diez vinos de Gala», la parte verdaderamente revolucionaria. Ahí, junto al crítico enológico Louis Orizet, Dalí propuso una clasificación que no existía en ningún manual de la época: en lugar de organizar los vinos por sus características técnicas, los organizó por la sensación que provocan. «Vinos de luz.» «Vinos voluptuosos.» «Vinos de lo imposible.»
No son categorías que describan el vino. Son categorías que describen lo que el vino te hace sentir.
Todo el libro está acompañado por más de 140 ilustraciones de Dalí: cuadros reelaborados de su propia obra, collages inéditos creados expresamente para el proyecto, y piezas tan reconocibles como El sacramento de la Última Cena (1955), de su etapa «mística nuclear». La imagen más citada del libro, sin embargo, es otra: un gato de proporciones cósmicas con vino tinto cayéndole de los bigotes. Es, probablemente, la síntesis visual perfecta de lo que Dalí quería transmitir: el vino no es un dato, es una experiencia que se sale de madre.
Y luego está la frase que resume el libro entero mejor que cualquier análisis posterior:
«Un verdadero entendido no bebe vino, saborea sus secretos.»
Por qué esto no es solo una curiosidad de coleccionista
Es tentador leer Los vinos de Gala como una rareza de coffee-table, un capricho de artista millonario con tiempo libre. Nosotros creemos que es otra cosa: un diagnóstico adelantado de un problema que el marketing del vino sigue sin resolver.
Dalí identificó, medio siglo antes de que el sector empezara a hablar de «experiencia» y «storytelling», el error que sigue paralizando a buena parte de las bodegas: el vino se sigue vendiendo con el lenguaje de quien lo hace, no con el lenguaje de quien lo bebe.
Grados, taninos, meses en barrica, altitud del viñedo. Información correcta, verificable, y en la mayoría de los casos irrelevante para la persona que solo quiere saber si esa botella le va a hacer sentir algo esta noche. Dalí se saltó ese lenguaje entero y fue directo a la pregunta que de verdad decide una compra: ¿qué me vas a hacer sentir?
Cincuenta años después, seguimos teniendo vinos extraordinarios acompañados de fichas técnicas que ahuyentan a cualquiera que no sea sumiller. Seguimos confundiendo rigor con distancia, como si explicar bien un vino significara necesariamente explicarlo de forma fría.
Cómo aplicar la lección de Dalí sin ser Dalí
No hace falta genio surrealista para aplicar esto. Hace falta invertir el orden de la pregunta.
En lugar de empezar por «¿cómo describo técnicamente este vino?», empezar por «¿en qué categoría emocional vive?». ¿Es un vino de sobremesa larga, de decisión arriesgada, de celebración discreta, de nostalgia? Esta pregunta no sustituye a la ficha técnica: la complementa. Y es la que realmente mueve una venta cuando quien tiene la copa delante no es un catador profesional, sino alguien con ganas de sentir algo distinto.
Dalí no eliminó el rigor del vino. Le añadió una segunda capa que buena parte del sector todavía no se atreve a incorporar: la del significado. Clasificar un vino por lo que provoca no es menos serio que clasificarlo por su acidez. Es, simplemente, información que el bebedor entiende sin necesitar un curso de cata.
La pregunta que nos deja el libro, medio siglo después
Cuando trabajamos el posicionamiento de una bodega o de un destino de enoturismo, partimos de la misma pregunta que se hizo Dalí sin saber que estaba fundando una disciplina: ¿qué va a sentir la persona que tenga esto delante, y cómo se lo contamos sin que la técnica se interponga?
No se trata de sustituir el conocimiento del vino por adjetivos bonitos. Se trata de entender que un vino se recuerda por la emoción que provocó, no por los datos que acompañaban a esa emoción. Es el mismo principio que sostiene cada cata y cada experiencia sensorial que diseñamos: el vino deja de intimidar en el momento exacto en que empieza a emocionar.
Dalí lo entendió con un pincel en la mano y ninguna formación enológica. La pregunta que le queda al sector es por qué nos ha costado cincuenta años ponernos a su altura.